
Hace unos días he leído con mucho interés el artículo “
¡Detener la
debacle universitaria!” firmado por Alexandra Kennedy-Troya, profesora de la
Universidad de Cuenca. Debo subrayar, para que el lector no caiga en banales e
inapropiadas interpretaciones, que no tengo vínculo alguno con la Dra. Kennedy,
de hecho la conocí personalmente hace unos pocos días en un encuentro
académico, aunque es cierto que ya poseía con anterioridad un amplio
conocimiento de su labor profesional, producto de la lectura de sus
publicaciones y, también, de sus tesis dirigidas.
La Dra. Kennedy plantea en su exposición dos aspectos claves del mundo
universitario ecuatoriano (la politización y los recortes presupuestarios),
siguiendo el estudio realizado por el Dr. Jan Feyen, para describir desde su
propia visión y experiencia como se está desarmando la formación y la
investigación en los centros universitarios a través de un sistema que atenta
tanto contra la participación democrática y estabilidad laboral de sus docentes
(incluidos administrativos y alumnos) con la imposición de un “clima de
terror”, de desconfianza dirigido por grupos sectarios dominantes.
La Dra. Kennedy, además, aporta otros puntos de gran relevancia
vinculados a la falta de pertinencia de los contenidos universitarios y la
posición que ocupa estos centros superiores ecuatorianos en el ranking
internacional.
Sin duda, esta es una visión aproximativa pero contundente a simple
vista, aunque su realidad es mucho más sangrante y profunda todavía, que tiene
un recorrido histórico de mayor alcance que es preciso analizar y debatir
pública y abiertamente para descender a la dura realidad actual, que parece
reconducirnos al peor de los pasados.
Modestamente, como enunciado preliminar, creo que se debe iniciar
urgentemente un proceso de depuración de responsabilidades, pues, flaco favor
se hace a la sociedad, a Ecuador y a los futuros universitarios el esconder la
basura debajo de las alfombras.
No estoy muy seguro o convencido, a pesar de su estrecha relación, que
la situación actual obedezca simplemente a una reducción presupuestaria en el
país sino más bien a la mala gestión económica realizada por sus gestores. Y
para muestra un botón: ¿Quién me podría explicar las contrataciones de docentes
y administrativos avalados simplemente por una meritoria reducida a una
prioritaria cualidad de simpatizantes o fidelidad? O ¿Quién podría responder
por los excesos cometidos por algunos directivos que pasan más tiempo viajando
fuera o dentro del país, sólo o con su cohorte de aduladores o su barra de
hooligan, que en sus centros universitarios?
Y como no hay dos sin tres: ¿Cómo se puede sostener una calidad
formativa de los estudiantes universitarios cuando existe un trasiego continuo
y permanente de salidas (expulsión) de docentes y nuevas contrataciones? ¿Cómo
se puede explicar que los alumnos pierdan sus clases porque no tienen un
docente asignado? ¿Cómo se justifica que cualquier perfil diferente a una
materia puede ser impartido por un profesor?
Intentaremos abordar en detalles estas pocas cuestiones, y otras, para
que el lector pueda acercarse a una realidad existente, que tiene amplias
implicaciones en la transferencia de valores que se está trasladando con
eficiencia a los estudiantes y que devalúa los procesos formativos, el mundo
universitario, científico que condena al ostracismo el futuro de Ecuador.
José Manuel Castellano Gil