domingo, 12 de noviembre de 2017

Microrrelato de una Historia de vida: Entre la formación, la educación y la transformación social en Ecuador

Tercera entrega de las colaboraciones del proyecto "Iniciación y formación en redacción". En esta oportunidad Johanna Loja nos comparte su auto-microrrelato de Historia de vida, que evidencia que el futuro de Ecuador está en muy buenas manos. Agradecemos nuevamente a www.ecuadoruniversitario.com la difusión de este artículo y la apuesta decidida y comprometida por la juventud ecuatoriana.


Johanna Loja
Mi nombre es Johanna Loja, tengo 20 años, vengo de una familia muy pequeña conformada por cinco miembros: mi papá, mi mamá y mis dos hermanas. Soy la menor de las tres, una persona muy hiperactiva, solidaria y amigable. Me gusta compartir con mis amigos y familia. Soy muy constante, disciplinada y cuando me propongo algo hago todo lo posible por lograrlo.
Mi formación académica empezó a los cinco años, cuando empecé el Jardín, iba con mis hermanas a la misma unidad educativa. A mí no me gustaba ir a la escuela porque era pequeña y no quería estar alejada de mi mama.

Durante toda mi formación escolar tuve buenos profesores pero desde tercer año hasta quinto me tocó una maestra muy amorosa. Era diferente a todos los maestros. Nos trataba con cariño y su metodología de enseñanza era muy buena. Llegué a tenerle un gran aprecio. Ella se preocupaba mucho por todos sus alumnos, especialmente por mí, porque era la más pequeñita. Además yo tenía anemia y no me gustaba comer. Siempre estaba pendiente de mí. Todos la queríamos mucho. Cuando llegué a séptimo grado tuve clases con el rector de la escuela, una persona muy estricta con una metodología de enseñanza tradicionalista, que primaba la memorización y aplicaba métodos de acción-reacción con los que pretendía modificar la conducta de sus estudiantes.
Siempre fui una alumna promedio a la percepción de mis padres. Mis hermanas fueron las mejores estudiantes, llegaron a ser abanderadas de escuela y colegio. Mientras que yo terminé la escuela con una libreta de notas promedio. Todos estos acontecimientos me hicieron una persona muy insegura. Cuando ingresé a octavo de EGB era una niña muy tímida y me costaba relacionarme con los demás.
Estudié en el colegio Alfonso Littuma Correa, en la ciudad de Gualaceo, y me gradué en Gastronomía. El contexto educativo, en ese entonces, era muy bueno, ya que cuando ingresé a estudiar era femenino y eso me facilitó acoplarme.
Los mejores años de mi formación bachiller, quinto y sexto, conocí  a excelentes  personas y adquirí las mejores experiencias. Los docentes estaban muy bien instruidos con algunas excepciones, por ejemplo, el docente de prácticas que era el típico maestro tradicionalista, sólo dictaba materia y estaba de veedor. Creo que sólo le gustaba ir a comer, por esa razón nunca tuvimos una buena relación, porque nosotros queríamos que nos enseñara de una mejor manera. También había docentes muy estrictos, que nos mandaban a copiar el contenido y pasarlo al cuaderno. Nuestro aprendizaje estaba basado fundamentalmente en la memorización.
Cuando me gradué fue muy emotivo. Se terminaba una etapa muy importante en mi vida personal y en mi formación académica. Sabía que tenía que ingresar a la universidad, que todo iba a cambiar y que cada día debía esforzarme y adquirir nuevos conocimientos.
Para seguir con mi formación, con mi desarrollo personal y profesional, debía elegir una carrera. Me decidí por la UNAE. Postulé en la página del SENESCYT y rendí el ENES o las pruebas de ingreso. Sin embargo  no obtuve el puntaje requerido y tuve la opción a ingresar como condicionada. Acepté, pues mis ganas de estudiar me hicieron tomar esa decisión, sin saber lo que sucedería. Durante todo el proceso de nivelación tuve que esforzarme el doble para lograr el objetivo que me había planteado: estudiar en la UNAE. Lo conseguí. Una vez ingresada toda mi vida cambió. Fue muy difícil adaptarme a un nuevo estilo de vida y a un nuevo escenario. Las cosas se me hicieron más difíciles cuando tuve que vivir sola, aunque me ayudó a desarrollar mi autonomía y a aprender a valerme por mí misma.
En esta universidad conocía grandes personas e hice muchos amigos. Los docentes son excelentes seres humanos, están totalmente preparados y prestos a guiarnos en nuestro proceso de formación profesional. La UNAE brinda todas las posibilidades a sus estudiantes a sentirse motivados siempre. Su modelo pedagógico es una clara muestra de transformación, donde se tiene al estudiante como eje central del proceso de enseñanza-aprendizaje. Hay docentes de diferentes países, con diferentes culturas, lo que hace fácilmente interactuar e intercambiar ideologías, tradiciones, etc. Esto nos une aún más, todos convergen en un solo lugar y en una finalidad: aportar positivamente en cada uno de nosotros.
También he conocido a muchos chicos que vienen de otras provincias, de la Costa, Sierra y Oriente, que se han sumado a esta universidad. Eso me emociona y motiva a seguir preparándome. La UNAE nos abrió las puertas y ha hecho posible lo imposible: conocer y relacionarme con personas que jamás hubiésemos pensado.
La profesión docente ha estado muy desvalorizada durante mucho tiempo pero hoy estamos todos unidos con un mismo fin: transformar la educación y, por ende, transformar la sociedad. 

Actualmente me encuentro en tercer ciclo de EGB. Las materias que tenemos son muy interesantes, se contextualizan con la realidad docente y aportan significativamente con lo que demos aprender para en un futuro emplearlo en nuestra profesión. Nos brindan metodologías, didácticas y estrategias, que desde ya estamos implementando en nuestras prácticas preprofesionales, estamos pues sumergido en la realidad educativa. Esto nos hace querer prepararnos más cada día para estar listos para asumir nuestro reto, porque somos la "generación del cambio".

Fuente: http://ecuadoruniversitario.com/opinion/microrrelato-una-historia-vida-la-formacion-la-educacion-la-transformacion-social-ecuador/

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