sábado, 26 de diciembre de 2020

VUELTA A LA NORMALIDAD

Esa es la frase que la inmensa mayoría de la ciudadanía mundial ha reiterado con mayor frecuencia en este 2020, que ya empieza a desgranarse lentamente. Habría que preguntarse qué encierra ese común deseo de vuelta a la normalidad perdida. Quizás la idealización y sobredimensión de valores y sentimientos jamás vividos, ni experimentados, o acaso nos conformamos con el restablecimiento de un tiempo pasado, dibujado por los desequilibrios, las desigualdades, la explotación laboral, la corrupción generalizada, la condena migratoria, los paraísos fiscales, los femicidios, la discriminación étnica, la insolidaridad universal, la destrucción medioambiental, la miseria, la desnutrición y la pobreza repartida por el mundo, las guerras y sus muertos…

Ningún tiempo pasado ha sido mejor a los tiempos venideros, a pesar de las razonables incertidumbres que se pueda tener con respecto al futuro inmediato, como percibimos justamente en estos instantes, pero siempre ese instinto ha estado presente en cada momento de cambio, de transición.

Mirar al pasado para cerrar los ojos al futuro supone una rendición sin condiciones, un acto de vil cobardía y una falta de creencia en el ser humano, a pesar del pesado lastre que trae consigo sus malas prácticas individualistas, sus desmedidas ambiciones egocéntricas y las consiguientes decepciones sufridas, pero todavía, como nos ha enseñado la Historia, es posible construir una nueva y mejor sociedad.

Desde mi profunda ignorancia, reflexiono sobre la posibilidad de encontrarnos en una fase de transición: en un período de cambio o en un cambio de periodo. En definitiva, en los albores de una nueva etapa histórica con todo lo que conlleva (una nueva forma de relaciones sociales, productivas, económicas, ideológicas, políticas, institucionales, etc.).

Resulta obvio que estas dos primeras décadas del siglo XXI han estado marcadas por una constante inestabilidad globalizada en la sombra: una pugna entre la resistencia de la vieja estructura moribunda y el desafío de un nuevo sector, que desde el propio poder, aspira a tomar el relevo hegemónico.

Una batalla endógena entre los detentadores de los designios futuros de la humanidad, que se ha traducido en un clima de crisis financiera-económica, de enfrentamientos y confusión social generalizada, con amplias resonancias promovidas desde los púlpitos de los soportes mediáticos tecnológicos, que han creado las condiciones adecuadas para alimentar y manipular el descontento social, como estrategia y con la idea de desbancar a sus correligionarios, para asentar un cambio de rumbo bajo el control y la dependencia sobre las bases sociales.

Esta exposición, quizás por mi propia “deformación como historiador”, me lleva a establecer ciertas analogías con otro momento, la Revolución Francesa, salvando claro está sus diferencias contextuales. Aunque al final, como siempre y como diría un pececillo conformista: tiburón caza pero salpica.

José Manuel Castellano
Cuenca (Ecuador) diciembre 2020

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