viernes, 9 de agosto de 2019

DISCURSO DE INGRESO EN REPRESENTACIÓN DE LOS NUEVOS MIEMBROS DEL NÚCLEO DEL CAÑAR

Dr. José Manuel Castellano Gil

Dr. José Manuel Castellano

Director de la Casa de la Cultura Benjamín Carrión Núcleo del Cañar, Dr. Edgar Palomeque, dignísimas autoridades, Señoras y Señores, amigas y amigos sean bienvenidos y muy buenas noches con todas y todos.
En representación de mis compañeros quiero extender un fraternal saludo a todos por su presencia, al tiempo, que expresar nuestra inmensa gratitud por considerar nuestro ingreso a esta noble institución cultural, fundada en 1944 por el intelectual lojano el Dr. Benjamín Carrión.
Somos conscientes que ser miembros del Núcleo del Cañar conlleva inherentemente una responsabilidad, dedicación y un compromiso por esta tierra, desde un comportamiento ético, solidario y ejemplar que estamos dispuestos a asumir con plena lealtad a nuestra provincia y a Ecuador.
Para nosotros, desde luego, constituye un enorme honor y una alta responsabilidad. Por ello, nos comprometemos a seguir las huellas indelebles de nuestros prohombres e insignes mujeres de esta tierra originaria Cañari, en este paraíso terrenal de guacamayas y vergel de esperanza que representa esta tierra, con la firme convicción de colaborar codo a codo con el resto de los compañeros, desde este espacio cultural e intelectual, que es un componente clave en la construcción del mejor futuro posible.
Nuestra inmensa gratitud, por tanto, a los respetables y honorables miembros de este Directorio del Núcleo del Cañar y, muy especialmente, a su Director, el Dr. Edgar Palomeque, un hombre apasionado por la preservación, conservación y difusión del legado histórico-cultural y patrimonial y por su condición humana y humanista.
Los colegas que me han precedido en la palabra han realizado un recorrido histórico de esta Institución a través del tiempo y han señalado el relevante papel y función que ha desempeñado este Centro, que va camino de cumplir su primer centenario. Ahora bien, desde mi visión como historiador, que no la concibo como una profesión sino que la entiendo como un ejercicio de compromiso social, y desde mi condición de extranjero, vocablo que rechazo frontalmente porque me considero ciudadano de este territorio que compartimos, me refiero al planeta tierra, porque por encima de todas las cosas creo que debe primar y estar presente en primer orden la condición humana, el respeto y la consideración al “otro”, a las culturas y a las ideas.
Dr. José Manuel Castellano y Dr. Edgar Palomeque
Uno es de donde nace no sólo por el simple hecho circunstancial de nacer y vivir en un territorio concreto. Uno es, desde mi perspectiva, del lugar donde se esfuerza e intenta colaborar, trabajar y relacionarse con el “otro”, con los demás, con la idea de seguir creciendo como comunidad y colectividad.
Por tanto, independiente de mi origen isleño, procedente de un Archipiélago Atlántico cuyo devenir histórico secular ha estado muy estrechamente vinculado con América Latina, puedo decir abiertamente y con pleno convencimiento que me siento ecuatoriano, orense, machaleño, fluminense, quiteño, azuayo, cañarense y azogueño. Siento y vivo que su prehistoria e historia es la mía, que su gente es mi gente y que su tierra es mi tierra.
Ustedes se preguntarán a que viene este preámbulo. Pues bien, es muy sencillo, me han sugerido muy acertadamente que en esta intervención expusiera mi visión externa sobre la CCE y que abordara, además, una reflexión sobre los posibles retos futuros de esta institución cultural.
Desde esa mirada, debo señalar que en los primeros momentos a mi llegada a Ecuador, allá por 2013, tuve conocimiento de la existencia y fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; promovida por el Dr. Carrión, en aquellos duros años de la década de los cuarenta de la pasada centuria, derivado por la crisis existencial de la propia concepción nacional ecuatoriana, tras los efectos generados por el conflicto con Perú y la consiguiente pérdida territorial.
Esa inquietud, esa visión y ese acto de materialización de la CCE me causó un hondo sentimiento de admiración intelectual y humana, que da la medida de la altura visionaria del Dr. Carrión, pues colocar los cimientos de un Templo de la Cultura constituye, sin duda, la plasmación de unos de los mayores ideales y loable contribución que un pueblo puede ofrecer al mundo; pues, es uno de los instrumentos más valiosos que una sociedad puede legar a las próximas generaciones; una herramienta social clave de presente y futuro en todos sus aspectos, que tributa a edificar y fortalecer una sociedad abierta que avanza con hombres y mujeres respetuosos con las ideas, las culturas, las libertades, la solidaridad, el progreso y bienestar colectivo.
Sin duda, esa es una labor ardua y muy compleja que recorre caminos intransitables, pedregosos con múltiples encrucijadas, abismos e incluso campos minados. Pero no por ello, por los obstáculos presentados, por los errores cometidos, por las contradicciones existentes, por los experimentos fallidos, debemos desertar y claudicar. Más bien, todo lo contrario.
Ese es un sendero permanente y una travesía interminable que no tiene un destino final, ni único. Es una siembra constante, cuyos frutos cosechados nos alimentan a seguir avanzando en el camino guiados por la esperanza, los sueños y las utopías. La Historia de la Humanidad es fiel testigo de lo que decimos, sólo hay que mirar hacia atrás, para ver de dónde venimos, para saber dónde nos encontramos y divisar el horizonte a dónde nos debemos dirigir.
La CCE, con sus sombras y sus luces, con sus errores y sus aciertos, ha jugado, sin lugar a duda, un papel esencial y clave en la sociedad ecuatoriana y en la región Latinoamericana. Ha evolucionado desde un centro conformado inicialmente por una “aristocracia intelectual” minoritaria y endogámica hacia un proceso de democratización social y de acción cultural de base.
Creo que ambas concepciones son muy válidas y deben ser potenciadas, además, de articular vínculos más estrechos y sólidos entre ambas. Tan importante es la producción científica e intelectual como la difusión del conocimiento y las acciones dirigidas a fortalecer las prácticas y hábitos culturales, pero no como meros reproductores del sistema establecido, sino como espacios de utilidad y aplicación de la apropiación de esos conocimientos, que deben ir destinados a la mejora de la relación social y colectiva de los individuos y de los pueblos.
Creo modestamente, y asumiendo la complejidad que encierra este último planteamiento enunciado, que ese debe ser el principal reto de la Casa de la Cultura, cuya aspiración debe ir encaminada a generar cambios en la sociedad ecuatoriana y en su entorno, especialmente, en estos momentos históricos actuales trepidantes, con fuertes transformaciones en todos los ámbitos, para hacer frente a un sistema depredador de valores y conductas éticas, de brutales agresiones medioambientales, de rígidas estructuras de sumisión y de dependencia globalizadas que generan desigualdades, injusticias, discriminaciones y poder desafiar y contrarrestar así el dominante y amenazante control de libertades existente.
Y en ese sentido creo, y estoy plenamente convencido, que hay que realizar una fuerte y decidida apuesta por los jóvenes, que debe traducirse en una mayor capacidad de cesión de espacios, en apoyar su crecimiento formativo, en incrementar la inversión presupuestaria y en una mayor consideración, reconocimiento, promoción y otorgarles un protagonismo central. En esa dirección lanzo otra propuesta para que se estudie la posibilidad de crear estructuras, como secciones o comisiones, que integradas por la juventud dispongan de la facultad de desempeñar colegiadamente acciones colectivas, con capacidad de gestión y de organización. Pues, en ellos, sin duda, está el futuro de Ecuador y del mundo. Sin los jóvenes no hay futuro posible. Ellos son la nueva sabia y la única esperanza redentora que nos queda.
Asimismo en estos momentos históricos los intelectuales, los hombres y mujeres de la cultura deben desempeñar un papel de responsabilidad activo, un compromiso abierto, claro y transformador. Pues, la cultura no es un florero decorativo de nociones e ideas muertas y el conocimiento no es una bodega donde se acumulan saberes.
Cultura y conocimiento son instrumentos de articulación social, que a través de la reflexión, del análisis, la discusión y la acción nos debería conducir a incorporar los cambios necesarios para la construcción de una sociedad mejor, que nosotros no hemos podido, no hemos sabido, o no hemos sido capaces de crear.
Mañana 9 de agosto coinciden dos motivos de celebración: en el ámbito interno, el Día Nacional de la Cultura Ecuatoriana y, en el contexto mundial, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Dos recordatorios para pensar, repensar, actuar y construir. Asimismo les animo a celebrar y dignificar a todas aquellas mujeres y hombres que dieron su vida con el Grito de Independencia del 10 de Agosto de 1809 bajo el sueño de constituir una nación soberana. Buenas noches y sean felices.


Discurso leído el 8 de agosto de 2019 en el Teatro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Núcleo del Cañar en la ciudad de Azogues.

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